Hoy, al salir de casa, he notado ese olor que solo aparece cuando la tierra lleva días seca y por fin se moja. Es un olor antiguo, que me devuelve a las mañanas de mi infancia, cuando el verano se despedía despacio.
He caminado sin rumbo por el barrio. Las hojas todavía verdes se agarran a las ramas, pero el aire ya no es el mismo. Huele a cambio.
Me he detenido un momento delante de una tapia donde crece la hiedra. Respiraba hondo, sin prisa, como si quisiera guardarme ese olor para más adelante.
Por la tarde llegó una persona a su sesión con ese cansancio que no se dice, el que se nota en la forma de sentarse. Hablamos poco. A veces el cuerpo ya lo está contando todo.
Al terminar, abrí la ventana y entró el olor de la lluvia reciente. Me quedé un rato ahí, sin hacer nada más que estar.
Quizá el otoño no llega de golpe. Llega así, por el olfato, sin avisar.
