Septiembre ha empezado sin hacer ruido. Un día te despiertas y el aire ya no es el mismo: huele a hojas, a lápiz recién afilado, a principio de curso.
No voy a clase desde hace muchos años, pero el cuerpo lo recuerda. Septiembre me pone en marcha, me pide orden, me devuelve las ganas de anotar cosas en una agenda nueva.
Este año quiero que septiembre sea suave. Que no sea un empujón, sino una invitación. Volver a lo mío sin apretar los dientes, con la dulzura con la que se entra en el agua cuando está fría.
Me propongo poco, y me lo propongo en voz baja. Caminar más. Escuchar mejor. Dejar que las tardes se acorten sin protestar, porque acortarse también es su manera de madurar.
Los días ya se notan más cortos. La noche llega antes, y a mí me gusta ese recogerse de las cosas, ese volver a casa con la luz encendida.
Septiembre no me pide que lo tenga todo claro. Solo me pide que empiece. Y yo, despacio, he empezado.
