He empezado a soltar el verano. No de golpe, sino como se suelta una mano que ya no aprieta: despacio, sin dramatismo, dejando que se enfríe poco a poco.
Recojo la ropa ligera, guardo las sandalias, cierro la sombrilla del patio. Son gestos pequeños, pero me devuelven a mí. Cada cosa que guardo me devuelve un pedazo de orden.
Soltar no me sale siempre bien. Hay veranos que se me quedan pegados, como una canción que no consigues sacarte. Pero este año me doy cuenta de que no hace falta arrancarlos. Basta con agradecerlos y dejarlos ir.
El verano me ha enseñado cosas sin que yo se lo pidiera. La más importante: que se puede estar quieta sin perder el tiempo. Que el descanso también es una forma de avanzar.
Ahora miro hacia septiembre sin miedo. Lo que venga encontrará una casa ordenada, un cuerpo descansado, una atención más limpia.
Soltar no es vaciarse. Es hacer sitio. Y yo, poco a poco, voy haciendo sitio.
