Hay una luz de finales de agosto que no se parece a ninguna otra. Ya no es la del pleno verano, que lo llena todo; es una luz más baja, más dorada, que se apoya en las cosas.
Me gusta caminar a esa hora en la que el sol empieza a caer y las sombras se alargan. La ciudad se queda en silencio y todo parece hecho de un material más tierno.
Es una luz que invita a mirar despacio. Las hojas que ya amarillean en el suelo, el polvo dorado en el aire, la ropa tendida que se mueve sin viento. Detalles que en otra hora del día pasan desapercibidos.
Pienso que el final del verano también es eso: una manera de mirar. Cuando la luz se suaviza, se ve mejor lo que importa. Lo que queda cuando el ruido se apaga.
Hoy no he hecho nada especial. He caminado, he respirado, me he detenido a mirar un balcón lleno de geranios. Y me ha parecido suficiente.
La luz de agosto no exige nada. Solo se queda un rato, y te enseña a quedarte tú también.
