Tengo un cuaderno nuevo sobre la mesa. Está en blanco, y cada mañana me mira desde el mismo sitio, como esperando algo que todavía no sé decir.
No lo abro. Lo dejo ahí, porque hay cosas que necesitan su tiempo antes de ponerse en palabras. Escribir demasiado pronto es como arrancar la fruta antes de madurar.
Me pasa con las personas. A veces llegan con prisa por nombrarlo todo, por entender, por resolver. Y yo les propongo lo contrario: sentarnos un rato con lo que todavía no tiene nombre.
El cuaderno en blanco no es un vacío. Es una espera. Un espacio donde todavía cabe todo, donde nada está decidido y por eso nada está perdido.
Septiembre se acerca y con él esa sensación de empezar. Pero no quiero llenar el cuaderno de planes. Quiero que las primeras páginas sean del otoño que llega, de lo que el cuerpo quiera contar.
Lo abriré cuando toque. Por ahora, me basta con saber que está ahí, en blanco, esperando.
