Esta tarde ha caído la primera lluvia del final del verano. No era una lluvia fuerte, era de esa que llega tímida, pidiendo permiso, y deja un olor a tierra mojada en el aire.
Me he quedado un rato junto a la ventana, mirando cómo se oscurecía el suelo del patio. Sin abrir nada, sin hacer nada. Solo escuchando.
La lluvia de agosto me reconcilia con la idea de parar. Después de tanto sol, de tanta luz sin tregua, el agua trae un silencio distinto. Como si todo, también yo, pudiera bajar el ritmo.
Pienso en las personas que pasan por mis sesiones estos días. Muchas llegan con el cansancio del verano, con la sensación de haber sostenido demasiado. La lluvia también es eso: soltar lo que ya no se puede cargar.
Me gusta este cambio. La luz se vuelve más suave, más gris, más amable con los ojos. Y el cuerpo, sin pedirlo, se acomoda al otoño que asoma.
No le pido nada a la lluvia. Solo me quedo un rato más, dejando que caiga.
