Agosto se va apagando despacio, y con él se apaga también ese ritmo blando de los días largos. Vuelvo a la rutina sin prisa, como quien entra en una habitación conocida y la encuentra un poco cambiada.
La rutina me da miedo cuando la pienso como una jaula. Pero cuando la vivo como un ritmo, como un compás que sostiene, me doy cuenta de que me ayuda a volver al cuerpo. Los horarios, la comida hecha, el paseo de cada mañana.
Este año no me he resistido. He dejado que agosto se fuera solo y he ido recogiendo, poco a poco, lo que me sirve: la calma de las tardes, las cenas lentas, la costumbre de mirar por la ventana antes de dormir.
No todo vuelve igual. Algunas cosas se quedan en el verano, y está bien. Otras las traigo conmigo a la vuelta, como se trae una piedra lisa del río.
La vuelta no es una renuncia. Es otra manera de seguir caminando, con el mismo paso, hacia dentro.
