Lo que el verano me enseñó

Los días empiezan a acortarse y yo apenas me había dado cuenta. Anochece antes, y al anochecer se nota una punta de frescor que huele a septiembre, a castañas verdes, a vuelta.

He ido repasando el verano despacio, como quien hojea un cuaderno sin buscar nada concreto. No ha sido un verano de grandes cosas, y me alegra.

Me enseñó a no llenarlo todo. A dejar huecos entre un día y otro, entre una visita y la siguiente. A no confundir estar ocupada con estar viva.

Me enseñó que el descanso no es lo que sobra cuando acaba el trabajo, sino algo que se cuida como cualquier cosa que quiero que crezca.

Me enseñó el mar, que ordena; las manos, que sostienen; los higos, que se comen con las manos. Lecciones que solo se aprenden en el cuerpo.

Con la rutina asomando, no siento prisa ni pereza. Siento gratitud, la que llega cuando algo se acaba bien.

Guardo este verano como se guarda un lugar al que volver: entero, tibio, disponible.

"Tu energía es tu medicina. Cuídala, ámala y alíneate con tu verdad interior." "Acepto que el ego y el amor forman parte de mi vida." "Cuando sano en mí, el vínculo se transforma." "No necesitas cambiar tu sensibilidad, necesitas un entorno que te comprenda."