Hoy el cielo está gris y he decidido no pelear contra ello.
Durante mucho tiempo me exigí estar bien a todas horas. Sonreír aunque no apeteciera, rendir aunque estuviera vacía, ser la persona que siempre tiene palabras de ánimo para los demás. Y en ese esfuerzo, mis propios días grises se quedaban sin sitio.
Hasta que comprendí que las emociones son como el clima: pasan. No hay día gris eterno, ni tormenta que no termine, ni lluvia que no deje algo crecido detrás.
Así que hoy me he dado permiso. Permiso para estar más callada. Permiso para hacer solo lo esencial. Permiso para mirar por la ventana sin necesidad de llenar el silencio.
No es depresión, no es apatía. Es un día gris. Y también es parte del ciclo.
Lo he aprendido observando la naturaleza: incluso los días más cubiertos, la luz sigue estando, solo que más suave. Quizá hoy sea un día para esa luz suave. La que no deslumbra, pero acompaña.
