Hay un sendero por el que camino a menudo y que últimamente está lleno de piedras. Las trajo la última lluvia, supongo. No son grandes, pero están ahí, y hay que esquivarlas o saltarlas.
Un día, hartándome de tropezar, me agaché y aparté una. Después otra. Y otra más. Al final del sendero, la diferencia era enorme. El camino no se había vuelto más corto, pero sí más amable.
Me puse a pensar en cuántas veces tropezamos con las mismas piedras. Con las mismas discusiones, los mismos miedos, los mismos hábitos que sabemos que nos hacen daño y que seguimos pisando porque nos parecen parte del paisaje.
No hay que mover todas las piedras del mundo. Pero podemos apartar las que están en nuestro camino. Una a una, sin prisa, empezando por la que hoy nos hace tropezar.
A veces me pregunto si soy la única que tropieza. Y luego recuerdo que todos tenemos piedras, solo que las de los demás no se ven desde fuera.
Lo importante no es el camino limpio. Es la decisión de agacharse y mover una piedra cuando toca.
