Esta mañana la niebla lo cubría todo. Salí a la calle y el mundo se había encogido a unos pocos metros a mi alrededor. No se veía el final de la acera.
Me gusta esa niebla de Asturias. No asusta, abraza. Hace que todo vaya más despacio, que hasta los coches suenen amortiguados.
Caminé un trecho sin ver más que lo inmediato. Y pensé que la vida a veces pide lo mismo: no mirar tan lejos, no anticiparlo todo, ocuparse solo del paso siguiente.
Hoy acompañé a alguien que no veía claro su camino. En vez de empujarla hacia respuestas, la invité a quedarse en su propia niebla, sin miedo, porque de la niebla también se sale.
No hay que disiparla de golpe. Basta con dar un paso, y luego otro, y confiar en que el aire se irá aclarando.
Al mediodía salió el sol y todo volvió a tener contorno. Pero me quedé con esa quietud de la mañana, como un regalo que nadie había pedido.
