Ayer estuve en el campo y, en lugar de mirar el paisaje, me dediqué a escucharlo.
Es una experiencia completamente distinta. Cuando miras, el paisaje es algo que está ahí, delante de ti. Cuando escuchas, el paisaje te rodea, te incluye.
Oí los pájaros que se turnaban como en una conversación. Oí el viento moviendo las hojas de los álamos, ese sonido que parece agua. Oí el zumbido de los insectos, el crujido de alguna rama, y muy de lejos, un perro ladrando.
Y de pronto me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin oír nada de eso. No porque no existieran, sino porque yo no estaba.
Escuchar es una de las formas más profundas de presencia. Escuchar de verdad, sin preparar la respuesta, sin etiquetar lo que viene. Solo abrirse y dejar que entre.
Hoy he intentado aplicar esa escucha a las personas. A mi madre, a una amiga, a mí misma. Y he descubierto que cuando escucho así, casi nunca sé qué decir, pero las conversaciones se vuelven más verdaderas.
El paisaje no necesita que le hablemos. Solo que lo escuchemos. Quizá las personas tampoco.
