Hoy he estado un rato observando una avispa en el alféizar de la ventana.
No he huido, que es lo primero que solemos hacer. Me he quedado quieta, mirando. Y he visto algo que no esperaba: una criatura diminuta, ocupadísima, que iba de un lado a otro con una intensidad casi cómica. Revisaba cada recoveco, vibraba las alas, se detenía, decidía, continuaba.
En mi cabeza conviven dos ideas sobre la avispa. La que me enseñaron, que es peligrosa y hay que evitarla. Y la que veo cuando me paro a mirar, que es solo una forma de vida haciendo lo suyo, sin intención de molestarme.
A veces hacemos lo mismo con las personas, con las situaciones, con partes de nosotros mismos. Las etiquetamos antes de conocerlas. Y nos perdemos todo lo que hay detrás de la primera impresión.
No digo que haya que abrazar avispas. Digo que hay una diferencia enorme entre el miedo que protege y el miedo que aleja sin razón.
Quizá hoy la avispa me estaba enseñando algo más sencillo: que hay belleza en casi todo si nos quedamos el tiempo suficiente para mirarlo.
