Noto que el día se acorta. A las ocho y media ya casi no queda luz, y la casa pide otra vez la lámpara encendida, la manta en el sofá, el silencio que llega temprano.
No me da tristeza, más bien me invita a recogerme. En verano uno se derrama hacia fuera; en otoño, en cambio, se vuelve hacia dentro.
Hoy he terminado el día con una sesión tranquila, de esas en las que casi no hacen falta palabras. Al despedirnos, la calle estaba ya a oscuras y las farolas dibujaban círculos de luz en el suelo mojado.
Pienso en las horas de luz que se van. No se pierden, se transforman: se vuelven lumbre, vela, conversación baja.
Quizá el otoño no nos quita nada. Solo cambia la luz de sitio, y con ella el ritmo de los días.
Esta noche enciendo una vela antes de cenar. Un gesto pequeño, para acompañar la oscuridad que llega sin que nadie la llame.
