Hay una higuera en la finca de unos amigos que da los mejores higos que he probado. Esta tarde he ido a recogerlos, como cada agosto, con una cesta de mimbre que ya tiene la forma de mis manos.
Recoger higos pide una atención de otra época. Hay que mirarlos de cerca, tocarlos apenas, saber cuál está en su punto: el que cede un poco y suelta una gota de miel por la base.
El árbol entero huele a sol y a verano maduro. Las abejas zumban alrededor de los frutos abiertos, y el aire quieto lo envuelve todo.
Hemos llenado la cesta sin prisa, hablando de cosas pequeñas, de las que no se cuentan por teléfono.
Luego, a la sombra, los hemos comido con las manos, dejando que el jugo nos corriera por la muñeca. No hay forma más limpia de comer un higo.
Guardo la tarde como se guarda una semilla: pequeña, cerrada, llena de algo que todavía no ha pasado.
Quizá por eso me gusta agosto: porque sabe a lo que se puede tocar y comer y compartir.
