Hay días en que necesito el mar, y hoy era uno de ellos. He bajado a la costa temprano, dejando atrás el calor de la ciudad.
El Cantábrico no se parece a otros mares. Es gris y hondo, y su voz no pide nada: solo suena, una y otra vez, ordenando lo que llevo revuelto por dentro.
Me he sentado en una piedra y he dejado que el ruido de las olas lo colocara todo en su sitio. Lo grande se ha hecho pequeño; lo enredado, un poco más claro.
No he hecho nada especial. He mirado el horizonte, he sentido la brisa fría en la cara y he respirado hondo, despacio, como quien se acuerda de su ritmo.
El mar no arregla las cosas, pero las coloca. Las devuelve a su tamaño justo.
He vuelto por la tarde con sal en la piel y la cabeza más ligera. Algo en mí se ha calmado sin que yo sepa explicarlo.
A veces lo único que necesitamos es un lugar donde las cosas suenen más altas que nuestros pensamientos.
