Esta noche me he acostado temprano, sin resistirme, y he pensado en lo valiente que es dormir.
Porque dormir es, en el fondo, soltar el control. Dejar que el cuerpo haga lo que sabe hacer desde hace milenios, sin nuestra supervisión. Confiar en que el mundo seguirá girando aunque nosotros nos desconectemos unas horas.
Durante años dormí mal. Me acostaba con la cabeza llena de listas, de conversaciones pendientes, de planes. El sueño era una obligación más, una tarea que fracasaba cada noche.
Hasta que entendí que el insomnio casi nunca es del cuerpo. Es de la mente, que no sabe parar porque ha aprendido que parar es peligroso.
Ahora preparo la noche como un pequeño ritual. Apago las luces, abro la ventana un momento, dejo que entre el fresco. Y me digo: hoy ya has hecho suficiente. El resto puede esperar.
Dormir es un acto de confianza en la vida. Y cada noche que logro entregarme al sueño, es una noche en la que le digo a mi cuerpo: confío en ti, confío en el proceso, confío en que mañana también habrá luz.
