Estamos en pleno verano y me he dado cuenta de que ya pasó el día más largo del año sin que yo lo celebrara.
En otras culturas, el solsticio es un momento sagrado. Un día para honrar la luz, para agradecer la abundancia, para reconocer que el sol ha llegado a su punto más alto. Aquí pasó casi desapercibido, entre notificaciones y obligaciones.
Me gusta la idea de marcar los ciclos. No por superstición, sino porque nos recuerdan que la vida no es una línea recta de días iguales. Es una rueda. Hay estaciones de florecer, de recoger, de descansar, de sembrar en silencio.
En el solsticio, la luz nos regala su máximo esplendor. Pero justo después, sin que lo notemos, las noches empiezan a crecer de nuevo. Nada se queda en su punto más alto para siempre, y eso también es un alivio: no hay que sostener el verano eternamente.
Hoy, aunque sea tarde, quiero honrar esa luz. La de fuera y la de dentro. Y recordar que, como el año, yo también tengo mis estaciones.
Ahora toca brillar. Y también, muy pronto, tocará recogerse. Ambas cosas son parte del ciclo.
