Hay una higuera en el jardín que llevo meses observando. En invierno parecía muerta. Las ramas desnudas, la corteza gris, nada prometía que dentro hubiera vida. Pero ella seguía ahí, en silencio, sin necesidad de demostrar nada.
Luego, sin previo aviso, empezaron a brotar las hojas. Primero pequeñas, tímidas. Después, casi de un día para otro, el árbol entero se llenó de verde. Y ahora, a las puertas del verano, empiezan a asomar los higos.
Me gusta pensar que los procesos personales son así. Hay temporadas de rama desnuda en las que parece que no pasa nada, que todo está quieto. Pero por dentro, la savia sigue moviéndose. Las raíces siguen profundizando. Lo que parece vacío es, en realidad, preparación.
No hace falta estar siempre en flor para estar viva. A veces, lo más valiente es lo que ocurre en la aparente quietud.
La higuera no compite con nadie. No se compara con el cerezo que floreció antes ni con el tilo que crece más alto. Sabe su tiempo. Y yo, poco a poco, voy aprendiendo de ella.
