Esta mañana, mientras preparaba el té, noté que tenía los hombros cerca de las orejas. Sin darme cuenta. Sin estar estresada por nada en concreto. El cuerpo llevaba rato hablándome y yo no lo había escuchado.
El cuerpo nunca grita de repente. Primero susurra. Una pequeña tensión aquí, un bostezo contenido allá, una opresión leve en el pecho que justificamos con prisas o café. Pero si no atendemos al susurro, el susurro se vuelve palabra. Y la palabra, grito.
Llevo tiempo aprendiendo a distinguir las señales. La tirantez en la mandíbula que aparece cuando voy a algo que no quiero hacer. El peso en los hombros cuando cargo responsabilidades que no me corresponden. La respiración que se vuelve superficial cuando hay algo que no estoy diciendo.
Hoy, cada vez que me acuerde, voy a preguntarme: ¿qué está diciendo mi cuerpo ahora mismo? Sin juzgar. Solo escuchar.
A veces todo lo que necesita el cuerpo es que le dediques un minuto de atención verdadera.
