Los días se estiran como un gato al sol. Anochecía tarde y yo seguía en la terraza, sin ganas de encender ninguna luz artificial. El cuerpo tiene su propio reloj, y cuando las horas de luz se alargan, algo cambia por dentro.
No es solo que amanezca antes. Es que la energía se desplaza. Hay una ligereza que no estaba en invierno, un impulso que pide movimiento, pero también una paradoja: más luz no siempre significa más claridad. A veces, tanta luz nos expone a lo que preferiríamos no ver.
Me pregunto si el verano nos invita a eso: a habitar la luz sin escondernos. A dejar que el calor ablande lo que está rígido. A permitir que el ritmo cambie sin resistirnos.
Esta semana voy a intentar algo: en lugar de llenar los días largos con más tareas, voy a dejar que el propio cuerpo marque el compás. Como hacen los árboles, que no discuten con las estaciones. Simplemente se abren cuando toca.
Que estos días de luz te encuentren amable contigo.
