Hay una planta en el jardín que solo abre sus flores al atardecer. Durante todo el día parece dormida, cerrada, sin ofrecer nada. Y cuando cae el sol, se despliega.
Al principio me parecía un desperdicio. ¿Para qué florecer cuando ya casi no hay luz, cuando nadie va a verla?
Luego pensé que quizá esa planta sabe algo que yo voy aprendiendo poco a poco: que cada ser tiene su momento, y que no todos los momentos son los mismos.
Hay personas que florecen de día, en el bullicio, en la acción. Y hay otras que florecen al atardecer, en la intimidad, cuando el ruido baja y queda espacio para lo esencial. Las dos son válidas.
Yo creo que soy de las que florecen al atardecer. Me cuesta brillar en las multitudes, pero en la calma, en la cercanía, en las conversaciones de dos, me voy abriendo como esa planta.
Ya no intento ser flor de mediodía. He dejado de comparar mi momento con el de los demás.
Cada tarde, cuando la planta despliega sus pétalos, me parece que me dice: tú también tienes tu hora. Solo hay que encontrarla.
