Hoy he pensado mucho en las manos. En las mías, cuando acompañan a alguien, y en las de las personas que llegan a mi espacio buscando un poco de calma.
Hay algo en sostener que no se explica con palabras. Las manos saben cuándo presionar, cuándo soltar, cuándo quedarse quietas encima, como una promesa de que no hay prisa.
Al final de la mañana, una mujer se ha quedado en silencio y me ha dicho que hacía tiempo que nadie la escuchaba sin mirar el reloj. No era un elogio; era un descubrimiento.
Me he quedado pensando en eso. En lo poco que cuesta dar tiempo, y en lo raro que se ha vuelto recibirlo.
Cuidar es, casi siempre, una forma de prestar atención. De estar del todo en el gesto que se hace.
Me he lavado las manos al terminar, con agua fría, y he sentido el cansancio bueno del día, ese que llega cuando has estado presente.
Quedarme un momento en silencio antes de cerrar la puerta es también parte del trabajo.
